
Cotidianamente nos vemos involucrados en conversaciones acerca del valor. Ya sea que estemos debatiendo de política o eligiendo una prenda de vestir; al especular acerca del futuro o al elegir una carrera, no podemos sustraernos al hecho de que, como seres humanos, estamos constantemente discriminando en base a aquello que consideramos valioso.
A menudo nos vemos involucrados en conversaciones en que nos referimos al valor como si fuese algo puesto en el mundo, al que sólo nos resta descubrirlo. Hablamos del valor de aquellos objetos que nos interesa tener; del valor de algunas iniciativas que consideramos loables (o detestables), y, en otros sentidos, hablamos también de la posibilidad de adquirir el valor, como si se tratase de un bien transable. Es el caso, por ejemplo, de los padres que, preocupados por el futuro y la educación de sus hijos, deciden ponerlo en tal o cual colegio o escuela porque “entrega valores”.
Con el valor ocurre un fenómeno peculiar: de él hablamos en los más diversos sentidos, pero siempre se relaciona con los aspectos más esenciales de la vida de los seres humanos.
El valor no es una cosa
Una de las características del valor y lo valioso que atenta más claramente con nuestro sentido común está en el hecho de que el valor no es una cosa. Con esto queremos significar también que no existen cosas u objetos valiosos en sí mismos. Y, menos aún, diseños valiosos en sí mismos.
Muchas personas piensan que el valor es una suerte de característica propia de algunos objetos que habitan el mundo, una cualidad intrínseca a un diseño o una oferta. Sin embargo, en una primera mirada observamos que el valor emerge siempre en la evaluación de alguien.
Una oferta, en tanto compromiso de futuro, resulta valiosa sólo si quien la recibe evalúa que le produce o puede producirle valor. En otras palabras, una oferta resulta valiosa si le habla a la preocupación de un ser humano, en sintonía con el modo en que encara el futuro.
Encarando el futuro
Los seres humanos tenemos la particularidad de hallarnos siempre lanzados a un futuro.
Independientemente del lugar o momento histórico que nos toca vivir, estamos siempre sopesando nuestras condiciones de posibilidad hacia el futuro. Este acto de sopesar a menudo se da transparentemente. Constituye no sólo un momento previo a las acciones que emprendemos: de cierto modo condicionan tales acciones y las configuran. Este acto de sopesar nuestras posibilidades de futuro es el espacio en que se configuran nuestras preocupaciones existenciales: familia, trabajo, salud, identidad, dignidad, carrera, comunidad, juego, mundo, etc.
Nacemos y crecemos en una familia o condición determinada. En nuestro paso por estas condiciones iniciales, discriminamos ya en base a lo que hemos aprendido como valioso en el seno de nuestra familia natal. En la adolescencia discutimos con otros y somos capaces de incorporar perspectivas ajenas a las de nuestros padres e, incluso, hacerlas nuestras. Todo ello con el ánimo de aprender para el futuro.
Escogemos una carrera porque la consideramos valiosa para nuestro futuro, sin darnos cuenta, las más de las veces, que el valor que tal o cual carrera puede entregarnos resulta del valor que la oferta representada por tal carrera significa para otros.
Al escoger una carrera, una pareja o un colegio para nuestros hijos, incorporamos nuestra interpretación acerca de lo que es valioso para nuestro futuro. Esto es, incorporamos nuestra interpretación del valor. En otras palabras, al hacer una elección respecto de algo, estamos siempre dando cuenta de nuestro estar lanzados a un futuro y del modo en que nos enfrentamos a ello.
El valor es entonces aquello que está detrás de lo que estimamos nuestras mejores condiciones de posibilidad hacia el futuro. Habla del modo en que encaramos el futuro, y se expresa como amplitud de las propias posibilidades de acción, como identidad y como solidaridad.
La fuerza de la tradición
Los seres humanos vivimos lanzados a un futuro y, en ese trance, el valor aparece como el elemento discriminador de las mejores posibilidades para nuestra vida. Sin embargo, eso no significa que todos los seres humanos compartan los mismos valores.
Tomemos como ejemplo una oferta diseñada para quienes tienen entre sus preocupaciones principales a la familia. De hecho, la preocupación por la familia resulta ser uno de los ámbitos de preocupaciones más arraigados y extendidos. Le ofrecemos un diseño que permite a los integrantes de una familia nuclear con dos hijos tomar baños en conjunto. Lo ofrecemos como el producto de una gran sensibilidad frente a la familia contemporánea, ideal para producir intimidad y conversación en el agitado mundo de hoy.
No obstante saber que nuestro hipotético cliente tiene una preocupación especial por su familia, nuestra oferta puede caer en el más estrepitoso fracaso. Y es que si la persona en cuestión creció inmersa en una tradición occidental, conservadora y religiosa, lo más probable es que nuestro diseño le incomode: desde su tradición resulta difícil valorar un baño conjunto.
Sin embargo, si la persona que escucha nuestra oferta es un japonés, lo más probable es que se interese por nuestro diseño: tiene la misma preocupación por la familia, pero además forma parte de una tradición en que el bañarse en conjunto refuerza los lazos familiares.
Así como nuestras primeras distinciones valóricas están dadas por nuestra familia natal, tal familia se reconoce y configura su modo de ser en un contexto mayor. Ya sea que nos refiramos a este contexto como “sociedad”, como “tribu” o como “comunidad”, la importancia está en la fuerza del contexto social de la que cada ser humano es tributario en cuanto a valores y a estilo.
Cada sociedad tiene tradiciones más o menos complejas o más o menos rígidas; pero todas se han formado con el correr de los tiempos y el sucederse las generaciones como respuesta al desafío de vivir y permanecer.
Nuestra biología contiene razones milenarias arraigadas en la noche de los tiempos. Razones que hablan, primero, de condiciones de supervivencia y, luego, de condiciones de existencia.
Nuestra sofisticación cultural ha llegado al punto de consagrar como un valor nuestro instinto de supervivencia. Ha consagrado nuestro derecho a la vida.
No solo valoramos la vida; valoramos también la calidad de la vida. Y, desde nuestra biología, hemos aprendido también a valorar la calidad de la vida de otros.
La comunidad propia es la primera determinación hacia un futuro hostil. En sus tradiciones encontramos un espejo donde mirar nuestro propio modo de valorar y la fuente para transformar e innovar nuestra manera de involucrarnos en el futuro.