Javier Martínez Herold

Javier Martínez Herold, Autor de El batiscafoLicenciado en Filosofía, realizó también estudios en el campo del Derecho y las Comunicaciones. Es Consultor de Empresas en el ámbito organizacional, académico, investigador y Consejero de Giro País.

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    Me desvinculé

    Escrito en En la Escuela. | 31 Agosto, 2005

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    El otro día hablaba con un amigo al que habían echado del trabajo. Me dijo, no sin rubor, que lo habían “desvinculado”.

    -“¿Te echaron? ¿Por qué? – pregunté yo.

    -“Por dos razones -dijo él-: la empresa decidió hacer una reducción de personal y yo no le caía muy bien a la que supuestamente era mi jefa.

    -“Dios mío” –pensé yo- Ni siquiera tiene claro quién era su jefe.

    Un despido provoca claramente consecuencias económicas y materiales; pero también pasa a llevar la autoestima, el orgullo y la identidad. Para muchas personas, el golpe de verse súbitamente en la calle es tan fuerte que recurren a pobres argucias tales como las de mi amigo. Pero lo más peligroso es que tales explicaciones no van orientadas sólo a resguardar el honor ante quienes nos importa: fácilmente pueden llegar a creérselas.

    Por experiencia propia tengo claro que uno de los mayores atentados contra lo que aspiramos para el futuro está en engañarnos a nosotros mismos. Yo me di cuenta de eso gracias a un amigo que tuvo la amabilidad y la paciencia para mostrármelo. Así que decidí hacer lo mismo con el “desvinculado”, que a esas alturas me hablaba de que “todo ocurrió porque fui fiel a mis principios” y “ mi jefa era una bruta que no entendía nada.”

    Después de dos horas y algunos cafés, mi amigo, el desvinculado, se fue más tranquilo y con la tarea de indagar las razones reales de su despido, a pesar del dolor que ello podría causarle. Tenía una entrevista de trabajo dos días después y decidió que ya estaba bien de cuentos y que no tenía de qué avergonzarse, ya que esta sería una etapa más en su aprendizaje de vida.

    Las competencias laborales se pueden aprender si estamos dispuestos a aprenderlas; la dignidad de reconocernos sin máscaras y de entablar relaciones íntegras con otros no tiene precio. ¿O no?

    Yo no fui

    Escrito en En la Escuela. | 25 Agosto, 2005

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    Tienes una reunión en 10 minutos más y estás atascado en el tráfico. Sabes que no puedes llegar a tiempo pero igual te relajas: no es tu culpa, sino del manejo que hacen las autoridades viales, de los taxistas, de los autobuseros, etc.

    Eres inocente. Sin embargo, no te das cuenta que esa inocencia va en contra de una de las dimensiones más relevantes en esto de “llegar a ser”: la responsabilidad.

    Si tú hiciste el compromiso de llegar a una determinada hora, debes hacerte cargo de ese compromiso. Tú sabes que la ciudad está llena de tacos, de taxis y de buses, y también que tu auto es parte del taco. Es parecido a lo que ocurre en una organización cuando hay problemas. Puede ser que un informe esté mal hecho o no esté listo. Cuando alguien sonríe en esa situación es porque ya ha pensado en la persona a quien va a culpar. Él, por supuesto, es inocente. No ha reparado tal vez que el presunto culpable está bajo su responsabilidad y que, por lo tanto, es él quien finalmente debe responder.

    Esta maldita inocencia me atrapa con frecuencia. Y es que, si existe algún rasgo que caracterice a la madurez, ese debe ser el de “hacerse cargo”: de la gente que quiero, de mis hijos, de mi casa, de mi comunidad, de mi país. En fin, de mi vida.

    Notas acerca del valor

    Escrito en En la Escuela. | 23 Agosto, 2005

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    Cotidianamente nos vemos involucrados en conversaciones acerca del valor. Ya sea que estemos debatiendo de política o eligiendo una prenda de vestir; al especular acerca del futuro o al elegir una carrera, no podemos sustraernos al hecho de que, como seres humanos, estamos constantemente discriminando en base a aquello que consideramos valioso.

    A menudo nos vemos involucrados en conversaciones en que nos referimos al valor como si fuese algo puesto en el mundo, al que sólo nos resta descubrirlo. Hablamos del valor de aquellos objetos que nos interesa tener; del valor de algunas iniciativas que consideramos loables (o detestables), y, en otros sentidos, hablamos también de la posibilidad de adquirir el valor, como si se tratase de un bien transable. Es el caso, por ejemplo, de los padres que, preocupados por el futuro y la educación de sus hijos, deciden ponerlo en tal o cual colegio o escuela porque “entrega valores”.

    Con el valor ocurre un fenómeno peculiar: de él hablamos en los más diversos sentidos, pero siempre se relaciona con los aspectos más esenciales de la vida de los seres humanos.

    El valor no es una cosa
    Una de las características del valor y lo valioso que atenta más claramente con nuestro sentido común está en el hecho de que el valor no es una cosa. Con esto queremos significar también que no existen cosas u objetos valiosos en sí mismos. Y, menos aún, diseños valiosos en sí mismos.

    Muchas personas piensan que el valor es una suerte de característica propia de algunos objetos que habitan el mundo, una cualidad intrínseca a un diseño o una oferta. Sin embargo, en una primera mirada observamos que el valor emerge siempre en la evaluación de alguien.

    Una oferta, en tanto compromiso de futuro, resulta valiosa sólo si quien la recibe evalúa que le produce o puede producirle valor. En otras palabras, una oferta resulta valiosa si le habla a la preocupación de un ser humano, en sintonía con el modo en que encara el futuro.

    Encarando el futuro
    Los seres humanos tenemos la particularidad de hallarnos siempre lanzados a un futuro.

    Independientemente del lugar o momento histórico que nos toca vivir, estamos siempre sopesando nuestras condiciones de posibilidad hacia el futuro. Este acto de sopesar a menudo se da transparentemente. Constituye no sólo un momento previo a las acciones que emprendemos: de cierto modo condicionan tales acciones y las configuran. Este acto de sopesar nuestras posibilidades de futuro es el espacio en que se configuran nuestras preocupaciones existenciales: familia, trabajo, salud, identidad, dignidad, carrera, comunidad, juego, mundo, etc.

    Nacemos y crecemos en una familia o condición determinada. En nuestro paso por estas condiciones iniciales, discriminamos ya en base a lo que hemos aprendido como valioso en el seno de nuestra familia natal. En la adolescencia discutimos con otros y somos capaces de incorporar perspectivas ajenas a las de nuestros padres e, incluso, hacerlas nuestras. Todo ello con el ánimo de aprender para el futuro.

    Escogemos una carrera porque la consideramos valiosa para nuestro futuro, sin darnos cuenta, las más de las veces, que el valor que tal o cual carrera puede entregarnos resulta del valor que la oferta representada por tal carrera significa para otros.

    Al escoger una carrera, una pareja o un colegio para nuestros hijos, incorporamos nuestra interpretación acerca de lo que es valioso para nuestro futuro. Esto es, incorporamos nuestra interpretación del valor. En otras palabras, al hacer una elección respecto de algo, estamos siempre dando cuenta de nuestro estar lanzados a un futuro y del modo en que nos enfrentamos a ello.

    El valor es entonces aquello que está detrás de lo que estimamos nuestras mejores condiciones de posibilidad hacia el futuro. Habla del modo en que encaramos el futuro, y se expresa como amplitud de las propias posibilidades de acción, como identidad y como solidaridad.

    La fuerza de la tradición
    Los seres humanos vivimos lanzados a un futuro y, en ese trance, el valor aparece como el elemento discriminador de las mejores posibilidades para nuestra vida. Sin embargo, eso no significa que todos los seres humanos compartan los mismos valores.

    Tomemos como ejemplo una oferta diseñada para quienes tienen entre sus preocupaciones principales a la familia. De hecho, la preocupación por la familia resulta ser uno de los ámbitos de preocupaciones más arraigados y extendidos. Le ofrecemos un diseño que permite a los integrantes de una familia nuclear con dos hijos tomar baños en conjunto. Lo ofrecemos como el producto de una gran sensibilidad frente a la familia contemporánea, ideal para producir intimidad y conversación en el agitado mundo de hoy.

    No obstante saber que nuestro hipotético cliente tiene una preocupación especial por su familia, nuestra oferta puede caer en el más estrepitoso fracaso. Y es que si la persona en cuestión creció inmersa en una tradición occidental, conservadora y religiosa, lo más probable es que nuestro diseño le incomode: desde su tradición resulta difícil valorar un baño conjunto.

    Sin embargo, si la persona que escucha nuestra oferta es un japonés, lo más probable es que se interese por nuestro diseño: tiene la misma preocupación por la familia, pero además forma parte de una tradición en que el bañarse en conjunto refuerza los lazos familiares.

    Así como nuestras primeras distinciones valóricas están dadas por nuestra familia natal, tal familia se reconoce y configura su modo de ser en un contexto mayor. Ya sea que nos refiramos a este contexto como “sociedad”, como “tribu” o como “comunidad”, la importancia está en la fuerza del contexto social de la que cada ser humano es tributario en cuanto a valores y a estilo.

    Cada sociedad tiene tradiciones más o menos complejas o más o menos rígidas; pero todas se han formado con el correr de los tiempos y el sucederse las generaciones como respuesta al desafío de vivir y permanecer.

    Nuestra biología contiene razones milenarias arraigadas en la noche de los tiempos. Razones que hablan, primero, de condiciones de supervivencia y, luego, de condiciones de existencia.

    Nuestra sofisticación cultural ha llegado al punto de consagrar como un valor nuestro instinto de supervivencia. Ha consagrado nuestro derecho a la vida.

    No solo valoramos la vida; valoramos también la calidad de la vida. Y, desde nuestra biología, hemos aprendido también a valorar la calidad de la vida de otros.

    La comunidad propia es la primera determinación hacia un futuro hostil. En sus tradiciones encontramos un espejo donde mirar nuestro propio modo de valorar y la fuente para transformar e innovar nuestra manera de involucrarnos en el futuro.

    Ya Vienen las Elecciones

    Escrito en En la Plaza del Pueblo. | 16 Agosto, 2005

    Congreso Nacional

    Los partidos políticos están en pleno proceso de negociaciones para decidir, finalmente, quiénes serán los candidatos; las empresas de investigación de mercado nos regalan casi diariamente con nuevas encuestas, y muchos ciudadanos comunes y corrientes comienzan a preguntarse lo que las personas que no están en política, pero que ejercen su voto, se preguntan en estas ocasiones: ¿Qué me cabe esperar de mi candidato?

    La pregunta no es trivial, sobre todo porque, en su empeño por resultar electos, muchos candidatos se inmiscuyen en asuntos de toda índole y prometen de todo. Entonces, ¿pueden hacer lo que quieran? ¿En qué se diferencia un Senador de un Diputado? Veamos:

    En primer lugar, es bueno acotar que nuestro país se rige por leyes. Esto, que es general, tiene algunos matices: si actuamos como privados, podemos tomar las iniciativas y acciones que queramos, con la única salvedad de que tales acciones no estén expresamente prohibidas por alguna ley. Así, por ejemplo no es posible circular a 200 kilómetros por hora porque está expresamente prohibido por la Ley del Tránsito.

    No obstante, si actuamos como parte del Estado, esto es, si un Ministro, un Senador, un Alcalde e, incluso el mismísimo Presidente de la República, desean tomar alguna iniciativa o acción, no pueden hacerlo si no están expresamente autorizados por ley. Así pues, las leyes son el alma de nuestra comunidad.

    La ley que regula todas las leyes y que regula también los aspectos generales y básicos de nuestra comunidad se llama Constitución. En ella es donde se les “raya la cancha” a los actores públicos y políticos de nuestro país.

    Según la Constitución, las leyes en Chile tienen sólo dos orígenes posibles: o nacen de una iniciativa presidencial (mensaje), o nacen de una iniciativa parlamentaria (moción). Esto ya nos dice algo de lo que podemos esperar de nuestros candidatos: los parlamentarios (léase Senadores y Diputados) tienen, en primer lugar, relación e injerencia directa en la formación de las leyes que nos rigen.

    También tienen otras atribuciones. Los Diputados tienen la facultad de fiscalizar a otros agentes del Estado y el Senado, en ese caso, actúa como jurado. El Senado puede aprobar o rechazar, a proposición del Presidente, algunos nombramientos importantes, como el de los miembros del Concejo del Banco Central.

    Entonces, en esta primera aproximación, cabe fijarse en lo siguiente:

    Los Senadores y Diputados tienen la obligación de legislar, o sea de aprobar o rechazar los proyectos de Ley que propone el Presidente o de proponer ellos mismos algún proyecto de Ley. Pueden, bajo ciertas circunstancias, modificar incluso la Constitución misma. Por eso decimos que ellos conforman el Poder Legislativo.

    Esto quiere decir que en ningún caso están facultados para actuar si prometen fondos para iniciativas locales (dinero para construir escuelas u hospitales, por ejemplo). Tampoco pueden mandar a construir casas, darle órdenes a la policía o mandar a hacer caminos.

    Todo ello le compete al Presidente, que es la cabeza del Poder Ejecutivo y Jefe del Estado.

    En Chile hay un tercer poder: el Judicial, que tiene la facultad de hacer justicia. O sea, ni el Presidente, ni un Senador o un Diputado están facultados para hacer justicia. Por eso, si un candidato a Diputado le promete que va a barrer con la delincuencia debe poner ojo: no puede mandar a las policías ni castigar a los delincuentes; sólo puede dictar leyes que regulen la acción general de las policías y los tribunales.

    Tenga cuidado. Cuando un candidato a Senador o Diputado se muestre interesado en la realidad local o regional para juntar votos, considere que, al final, él no podrá sino dictar alguna ley, y esto en conjunto con otros. En ese caso resultaría más provechoso evaluar su capacidad de acción; su capacidad para ponerse de acuerdo con otros legisladores y otros agentes del Estado, su capacidad para ser un portavoz de las preocupaciones que usted tiene y su capacidad para pensar en el futuro de su comunidad.

    Acerca de la Reforma (con la colaboración de un Fiscal amigo)

    Escrito en Sobremesa. | 07 Agosto, 2005

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    Chile ha acogido una nueva Justicia. Renovada, joven, con principios que ya inspiraban el mensaje del Codigo de Procedimiento Penal de fines del siglo diecinueve.
    Se han invertido miles de millones de pesos en implementar la reforma procesal penal: en infraestructura, en concursos públicos para proveer cargos de fiscales, defensores, jueces de garantía y tribunales orales en lo penal; en capacitar y modernizar los organismos auxiliares de la administración de justicia, en implementar un modelo eficiente de seguridad ciudadana, con mecanismos de prevención y control de la delincuencia.
    Sin embargo, ni toda la ayuda del gobierno norteamericano, con la cantidad de millones provenientes de sus contribuytentes, ha podido hacerse cargo de un problema mayor.
    Nosotros, siempre amistosos y displicentes, hemos aceptado que nos intervengan. Todo ello en pos de la justicia, en pos de la consolidación de la “democracia” y del estado de derecho; del respeto por los derechos humanos y las garantías individuales.
    Después de cinco años de implementacón de la Reforme Procesal Penal en Chile, ¿qué pasó con nuestros benefactores?. ¿ Existe hoy un analisis serio y objetivo de los resultados y del impacto social que en Chile ha representado este cambio judicial, procesal y social?
    Si los expertos en justicia criminal del país del Norte presenciaran cualquier día lo que ocurre en los juzgados de garantía de Santiago de Chile, verían cómo los imputados de delitos, de cualquier clase -desde el hurto simple hasta el homicidio-, son tratados como verdaderos principes herederos. Ahí el fiscal es percibido como un persecutor irracional, prenipotenciario y animal, sin juicio, arbitrario y egocéntrico.
    Los Tribunales en Chile se han convertido en la paradoja del garantismo individual.
    Los jueces de garantía, gente joven, generalmente sin mayor experiencia en investigación criminal y en realidad social, son evaluados con distinción por la Academia Judicial; asumen sus cargos con prepotencia, en forma soberbia, y se reúnen corporativamente para asentar sus criterios garantistas.
    Hoy en día, Chile es el país más garantista del mundo frente a la problemática de la delincuencia. Día a día se declaran detenciones ilegales; los jueces se niegan a dar lugar a órdenes de allanamiento y detención; se niegan a mantener imputados en prisión preventiva por considerar que la peligrosidad social no existe y, más aún, se regocijan con sus resoluciones garantistas.
    Hoy no existe persecución criminal efectiva en Chile. Sólo existe un ánimo de salir bien en la foto.

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