¿Y tu, eres objetivo?
Curioso lo que ocurre con la objetividad. Todo el mundo quiere ser o se siente “objetivo”. A los ingenieros les encanta y, en general, es un término muy popular entre quienes se sienten parte de la tradición científica.
En nuestras conversaciones cotidianas, lo “objetivo” es algo así como el sucedáneo de la verdad. Una muletilla y un síntoma de sensatez.
Cualquier persona “sabe” que la verdad no existe. Por eso nos sentimos pluralistas y tolerantes, hasta que nos enfrascamos en una discusión y terminamos exigiéndole al otro que sea más “objetivo”.
En realidad “lo objetivo” tiene una estrecha relación con la, presuntamente, difunta verdad. Es una distinción puesta sobre el tapete por Kant en la misma obra en que pretende haber sepultado de una vez por todas las pretensiones de los discursos “verdaderos”. Y lo hace para referirse a aquello que es reconocible del mismo modo por individuos de “igual estructura de razón”.
De lo anterior se infiere que los elefantes y los caballos no pueden participar de nuestros estándares de objetividad, porque si lo hicieran significaría que tienen nuestra misma estructura de razón y, por lo tanto, no se diferenciarían en nada de nosotros, salvo por la trompa o por las crines.
La “objetividad” forma parte de nuestras tradiciones, pero actúa como un estimulante de egos y de arrogancia. De hecho, puesto que la verdad no es lo mismo que la voluntad de verdad, sospecho que en cuanto surge la exigencia por la objetividad, en realidad lo que opera, las más de las veces, es la voluntad de verdad (y la voluntad de joderse al otro).
Es decir, cabrones hasta el final. Y eso, aunque hablemos objetivamente de tolerancia, respeto y flexibilidad.
Licenciado en Filosofía, realizó también estudios en el campo del Derecho y las Comunicaciones. Es Consultor de Empresas en el ámbito organizacional, académico, investigador y Consejero de Giro País.










