Javier Martínez Herold

Javier Martínez Herold, Autor de El batiscafoLicenciado en Filosofía, realizó también estudios en el campo del Derecho y las Comunicaciones. Es Consultor de Empresas en el ámbito organizacional, académico, investigador y Consejero de Giro País.

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    ¿Y tu, eres objetivo?

    Escrito en En la Escuela. | 26 Octubre, 2005

    buho_800

    Curioso lo que ocurre con la objetividad. Todo el mundo quiere ser o se siente “objetivo”. A los ingenieros les encanta y, en general, es un término muy popular entre quienes se sienten parte de la tradición científica.

    En nuestras conversaciones cotidianas, lo “objetivo” es algo así como el sucedáneo de la verdad. Una muletilla y un síntoma de sensatez.

    Cualquier persona “sabe” que la verdad no existe. Por eso nos sentimos pluralistas y tolerantes, hasta que nos enfrascamos en una discusión y terminamos exigiéndole al otro que sea más “objetivo”.

    En realidad “lo objetivo” tiene una estrecha relación con la, presuntamente, difunta verdad. Es una distinción puesta sobre el tapete por Kant en la misma obra en que pretende haber sepultado de una vez por todas las pretensiones de los discursos “verdaderos”. Y lo hace para referirse a aquello que es reconocible del mismo modo por individuos de “igual estructura de razón”.

    De lo anterior se infiere que los elefantes y los caballos no pueden participar de nuestros estándares de objetividad, porque si lo hicieran significaría que tienen nuestra misma estructura de razón y, por lo tanto, no se diferenciarían en nada de nosotros, salvo por la trompa o por las crines.

    La “objetividad” forma parte de nuestras tradiciones, pero actúa como un estimulante de egos y de arrogancia. De hecho, puesto que la verdad no es lo mismo que la voluntad de verdad, sospecho que en cuanto surge la exigencia por la objetividad, en realidad lo que opera, las más de las veces, es la voluntad de verdad (y la voluntad de joderse al otro).

    Es decir, cabrones hasta el final. Y eso, aunque hablemos objetivamente de tolerancia, respeto y flexibilidad.

    Demostraciones (para la vida)

    Escrito en En la Escuela. | 19 Octubre, 2005

    Un ardiente enamorado intenta convencer a su amada de lo conveniente de ser pareja. Hace una elocuente demostración. Ella está de acuerdo: el sería, a todas luces, la pareja ideal. Pero, por una extraña razón, lo prefiere de amigo. Y en cambio, no puede dejar de pensar en aquel arrogante, insolente y cruel que, a veces la mira y a veces no…

    Inutilidad de la dialéctica: aquello que primero debe ser demostrado, tiene poco valor.

    El Desafío

    Escrito en Sobremesa. | 17 Octubre, 2005

    La semana pasada, el creador del famoso Arturito, el robot-descubre-tesoros-y-probable-mula, Manuel Salinas, fue invitado a exponer su invento a la Universidad Técnica Federico Santa María. Ahí fue sumamente vilipendiado, tanto por estudiantes como por uno de los profesores a cargo: Patricio Häberle.

    Independientemente de lo “mula” que puede ser la propuesta de Salinas, me parece que a los señores académicos se les pasó la mano y mostraron los pésimos modales que esconden detrás de sus togas.

    Pero eso no es todo. Enfrentados en el programa El Termómetro, tanto los abogados de la empresa dueña del engendro como los finos académicos se declararon la guerra: los segundos esconderán algo para que el robot lo encuentre, con presencia de las cámaras.

    Si el robot es mula, ¿qué ganan los abogados y la empresa con todo el alboroto que han armado? Aparte, claro está, de haber puesto en ridículo desde el Ministro de Educación hasta el Alcalde de Juan Fernández, con el asunto del tesoro.

    Si el robot no es mula, mejor agarrarse de lo que tengamos más a mano, porque significaría que todos tendríamos que volver al colegio. Algo así como ¡chao, Física, tal y como te conocemos! (o, mejor dicho, tal como la conocen los físicos).

    Pensándolo mejor, hay que tranquilizarse: jamás le perdonaríamos a un tipo con la educación, la trayectoria, el estilo y el modo de expresarse de Salinas que tuviera razón.

    Ponle más hielo…

    Escrito en Sobremesa. | 17 Octubre, 2005

    El Reformador Anejo

    “… y entonces, para suprimir definitivamente la colisión entre los aviones, se obliga a cada avión a observar una conducta divergente en cuanto vuelo, respecto de otros aviones. Así queda definitivamente suprimida la colisión entre los aviones.”

    El fabricante de leyes mira satisfecho su reciente decreto. Ya siente que los libros de historia lo mencionarán como uno de los legisladores más prudentes. Recién acaba de despachar la nueva ley del tránsito y aún está nervioso por los probables resultados de esta iniciativa.

    Finalmente logró, junto a otros miembros de su club, ponerle coto a las nefastas prácticas de algunos díscolos ciudadanos.

    Imagínense. Había incluso algunos automovilistas que tenían perro y osaban llevarlo suelto. A veces el perro iba durmiendo en su cucha, porque de otro modo se mareaba. No importa. Ahora deberá viajar dentro de una jaula. Quién te dice que el perro no decida de pronto atacar el cuello de su amo, éste pierda el control, y termine incrustado en un jardín infantil.

    Otra cosa era el cigarrito. Cómo pueden imaginarse ustedes que era posible conducir y fumar a la vez. ¡Qué irresponsabilidad!

    El fabricante de leyes piensa que tal vez sería bueno arbitrar algún tipo de sistema que se encargue de fiscalizar a los camioneros que van al Norte. Seguro que entre Copiapó y Antofagasta algunos encienden un cigarrillo. No. Mejor esperar los primeros resultados de esta nueva ley.

    El fabricante de leyes se queda lentamente dormido sobre un montón de decretos y proyectos y comienza a soñar con la ocasión solemne en que la comunidad toda le entregue la medalla a la prudencia cívica.

    Mientras duerme, otros legisladores –más jóvenes- vuelven a ser sorprendidos corriendo a más de 150 kilómetros por hora para llegar a tiempo a la sesión. Esta vez no pueden faltar: se discute la nueva ley de tránsito.

    Nuestras Relaciones con Bolivia

    Escrito en En la Plaza del Pueblo. | 14 Octubre, 2005

    bandera bolivia

    Nuestras relaciones con Bolivia son bastante predecibles. Algunos problemas internos y ya sabemos lo que viene: Chile, el culpable, en medio del debate. Quema de banderas, denuncias internacionales, marchas, exigencias de devolución del litoral boliviano usurpado y mucho resentimiento.

    Bolivia ha dado pruebas de tal resentimiento: son capaces de perderse el mejor negocio de siglo (la exportación de gas) con tal de perjudicar a Chile.

    Comprendo la política boliviana hacia Chile y, en cierta medida, la admiro: hasta los chilenos creen que obtuvieron el mar boliviano como botín de guerra. Lo que no logro entender es la política de Chile hacia Bolivia. Y no lo digo con ironía. Sencillamente no la entiendo.

    Recientemente se firmó un acuerdo con Bolivia, según el cual los productos bolivianos entrarán con arancel cero a Chile, sin reciprocidad, por supuesto.

    Parece que en Chile nos movemos con cierta culpa con nuestros vecinos. Estamos siempre atentos a agradarlos y a cuidarlos. Nos encantaría tener relaciones diplomáticas con ellos y cada vez que ellos levantan la cabeza, agitamos la cola como un perrito, a ver si ahora intercambiamos embajadores. Llegamos a soñar con un futuro de armonía y paz, pero sobre todo de aprecio genuino por nosotros. Nos falta cariño.

    Pero lo más grave no es eso. Lo grave es la ignorancia que tenemos en Chile de este problema. ¿Sabrá, por ejemplo, la mayoría de los chilenos que Bolivia sólo fue soberana del litoral por menos de veinte años, gracias a una cesión condicionada por parte de Chile? (De hecho, la violación de tales condiciones, entre otras cosas, dio lugar a la guerra). ¿Sabrán los chilenos que Bolivia –país artificialmente inventado- nació sin mar?

    Antes del conflicto del 79, también existían voces más que conciliadoras en nuestro país. Se llamaban los “americanistas”, por su compromiso con la unión latinoamericana frente a las agresiones de los colonialistas. Más aún, llegamos a tomar acciones efectivas de solidaridad con nuestros vecinos peruanos y, como resultado, sólo obtuvimos un demoledor bombardeo de Valparaíso (más una guerra con ellos 13 años después).

    Entonces, ¿qué buscamos con acuerdos como el recientemente firmado? ¿Qué nos quieran? ¿Qué nos quieran otros, luego de ver nuestro amor por Bolivia? ¿Cuál es el gato encerrado?

    Si de lo que se trata es de ser solidarios con quienes menos tienen, estoy totalmente de acuerdo. Pero no me gusta el modo de hacerlo. No vaya a ser cosa que con gestos como estos nuestros hijos terminen convenciénose de que viven en un país bellaco, altanero y ladrón.

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