
Hace tiempo que venimos escuchando de ella: que tiene que ver con mejorar la alicaída imagen de algunas empresas, que apareció en algún discurso político o religioso, o que forma parte de algún decálogo moral.
En mi interpretación, la responsabilidad social surge de una preocupación auténtica por un cada vez mayor número de personas e instituciones. Es cierto que en ocasiones se disfraza de campaña de marketing, pero también aparece como una de las dimensiones más propias de nuestros tiempos.
Y es que el fenómeno de la globalización interpela a las personas no en torno a alguna desgracia o sufrimiento padecido por alguien anónimo en algún lejano lugar, sino en torno de comunidades que son también las nuestras.
Antes alcanzábamos a leer que en tal o cual país las personas padecían de alguna rara enfermedad provocada por la acción humana; hoy nos enteramos del surgimiento de alguna patología con el temor cierto a ser alcanzados por ella en cuestión de días y hasta de horas.
Por eso hablar de Responsabilidad Social es pragmatismo puro, y ya no podemos hablar de cuidar tal o cual comunidad, sino de cuidar nuestra única y gran comunidad.
¿O no?